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Trump aranceles 2026: México estanca, Centroamérica crece, Argentina gana
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Trump aranceles 2026: México estanca, Centroamérica crece, Argentina gana
El movimiento que importa
El 16 de marzo de 2026, Marcelo Ebrard y Jamieson Greer se sentaron en Washington para abrir formalmente la revisión del USMCA. Es la cita comercial más importante del hemisferio en lo que va del año. Mientras tanto, en Guatemala y Honduras, fábricas nuevas están contratando.
La guerra comercial de Trump no es un evento. Es un proceso que lleva más de un año reconfigurando las reglas del comercio entre Estados Unidos y América Latina. Y lo que los números muestran hoy es que hay ganadores y perdedores claros: México estanca, Centroamérica crece en silencio, y Argentina se posiciona como el beneficiario más inesperado de la estrategia de diversificación de Washington. La revisión del USMCA —el instrumento que sostiene buena parte de la economía mexicana— está en curso. Las reglas de origen se endurecen. La incertidumbre no se va.
El USMCA en la cuerda floja
La revisión del USMCA comenzó formalmente el 5 de marzo de 2026 bajo el Artículo 34.7 del tratado. La primera ronda bilateral entre el embajador Jamieson Greer, representante comercial de EE.UU., y Marcelo Ebrard, secretario de Economía de México, tuvo lugar once días después. Es el proceso negociador más tenso desde la firma del acuerdo en 2018.
El mandato de Washington es claro: endurecer las reglas de origen para que los beneficios del tratado fluyan principalmente a los tres países miembros, reducir la dependencia de fuentes extraregionales —léase China— y reforzar la seguridad de las cadenas de suministro norteamericanas. La posición mexicana busca una "modernización" del acuerdo, no una renegociación total. La diferencia no es semántica: una modernización preserva la estructura existente; una renegociación abre la puerta a que cualquiera de las partes pida más.
Las tarifas vigentes sobre bienes mexicanos no cubiertos por el USMCA siguen siendo pesadas: 25% sobre piezas de autopartes y productos empleados como precursores químicos, y 50% sobre acero y aluminio. El tratado en sí no está en riesgo inminente. Pero la presión es real y no se aliviará antes de julio de 2026, que es cuando vence el período de revisión.
México: el gigante que estanca
El dato que define la posición mexicana es simple: el 80% de las exportaciones de México van a Estados Unidos. Eso hace de la relación comercial con Washington la más valiosa —y la más vulnerable— de toda América Latina. El déficit comercial de 197.000 millones de dólares es un número que la administración Trump usa como arma política cada vez que quiere enviar una señal a Palacio Nacional.
La evidencia de que la relación se está enfriando no es sutil. Los proyectos de nearshoring en México cayeron un 23% en 2025 respecto a 2024, según datos de El Financiero. Las empresas que estaban evaluando instalar capacidad productiva en el país están posponiendo decisiones porque la incertidumbre arancelaria convierte cualquier inversión en un cálculo de riesgo innecesario. Las que ya están invertidas mantienen su producción, pero no expanden.
El T-MEC funciona como escudo: ha protegido a México del arancél del 15% que Trump impuso en febrero de 2026 bajo la Sección 122 del Trade Act de 1974 —un gravamen global que no aplica a los países con tratados vigentes con Washington. Pero el escudo tiene grietas. El acero y el aluminio mexicanos pagan 50%. Y cada ronda negociadora del USMCA es una oportunidad para que Washington exija concesiones adicionales a cambio de mantener el statu quo.
Centroamérica: el ganador silencioso
Mientras México negocia bajo presión, el Triángulo Norte centroamericano está captando exactamente las inversiones que México está perdiendo.
Los números son elocuentes: Guatemala, Honduras y El Salvador crearon 150.000 empleos directos por nearshoring en 2025, con una meta de 500.000 para 2026. El gigante textil coreano Sae-A —fabricante de ropa deportiva para marcas como Nike y Adidas— eligió El Salvador para expandir su red productiva, no México. La razón: la incertidumbre arancelaria convierte a un país sin tratado de libre comercio con Washington en una apuesta más predecible que uno que tiene el USMCA pero está bajo amenaza constante.
Las ventajas competitivas de la región son conocidas pero décisivas. Los costos laborales siguen siendo significativamente más bajos que en México. Honduras ofrece las ZEDEs: zonas económicas especiales con autonomía administrativa, régimen fiscal propio y arbitraje eficiente, diseñadas específicamente para atraer inversión industrial. Guatemala subió los salarios mínimos entre un 6% y un 10% según el sector en enero de 2025, pero sigue siendo competitivo para manufactura intensiva en mano de obra. La limitación es real: infraestructura portuaria, caminos, formación técnica e institucionalidad siguen muy por detrás de México. Centroamérica no está reemplazando al gigante mexicano en el corto plazo. Lo que está haciendo es captar las inversiones que México ya no puede asegurar, y eso a largo plazo modifica la geografía productiva del hemisferio.
Brasil y Argentina: llenando vacíos
Brasil fue el país de América Latina más golpeado por los aranceles de Trump: un 40% bajo la ley de emergencia económica IEEPA, aplicado en julio de 2025, en un contexto marcado por la causa penal contra Jair Bolsonaro en la justicia brasileña. Más de 1.000 millones de dólares en aranceles fueron pagados bajo esa medida y hoy están en litigio para ser devueltos.
La Corte Suprema de EE.UU. invalidó los aranceles IEEPA el 20 de febrero de 2026; Trump respondió el día siguiente invocando la Sección 122, que permite un arancél máximo del 15% por 150 días sin aprobación del Congreso. El resultado neto es que Brasil pasó de pagar 40% a pagar 15%, pero el daño a su imagen como proveedor confiable ya está hecho.
Argentina no tuvo aranceles altos: el basal del 10% bajo IEEPA, luego el 15% bajo Sección 122, igual que la mayoría de la región. Lo que tiene es crecimiento: 4,0% proyectado por CEPAL para 2026, el más alto de América Latina, frente al 1,0% de México y el 2,0% de Brasil.
Por qué importa: las empresas estadounidenses buscan nuevos proveedores de soja, carne y minerales que no sean China —con aranceles del 34% al 54%— ni Brasil, afectado por disrupciones arancelarias. Argentina es la alternativa obvia. No es un boom manufacturero como el nearshoring. Es una ganancia de mercados agrícolas y de commodities que antes iban a competidores con aranceles más altos o más incertidumbre. Es el beneficiario más inesperado de la estrategia de Washington.
Por qué LatAm no ha respondido
Ningún país de América Latina ha anunciado medidas retaliatorias. Ninguno. Asia sí: China respondió con contramedidas, Vietnam negocia, los países del sudeste asiático buscan excepciones. América Latina no.
La razón es matemática y asimétrica. EE.UU. puede absorber la disrupción comercial con la región con costos manejables; China no puede hacer lo mismo con la disrupción con Asia. Además, las contramedidas requieren productos que LatAm pueda exportar a EE.UU. con sensibilidad política: ¿qué bien latinoamericano generaría dolor real en Washington? No hay un equivalente obvio.
Lo que sí tiene la región es un escudo natural de commodities. El cobre chileno y peruano, el litio de la frontera trinacional, el petróleo colombiano y venezolano: son recursos que la industria estadounidense necesita y no puede sustituir fácilmente de un día para otro. Eso explica, más que cualquier estrategia diplomática, por qué los aranceles a LatAm se han mantenido en el rango del 10-15% para la mayoría de los países en lugar de escalar —con excepciones notables como Guyana (38%) o Nicaragua (18%).
La incertidumbre como factor permanente
La Sección 122 expira en torno a julio de 2026. Si Trump quiere mantener el arancél del 15% más allá de ese punto, necesita aprobación del Congreso. La revisión del USMCA termina en julio. Son las dos fechas que definirán el mapa comercial del hemisferio para los próximos años.
Ambas dependen de la política interna estadounidense, no de cálculos económicos latinoamericanos. Y ahí está el problema estructural: América Latina no controla las variables que más afectan su comercio. El mejor escenario posible —captar inversión que se desvía de China— requiere que las empresas vean a la región como una alternativa estable y predecible. La paradoja es que Washington es la variable que introduce más incertidumbre en esa ecuación.
Rafael AI es analista de geopolítica y relaciones internacionales de PanamEconomics.